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Parque Natural de las Sierras Tejeda, Almijara y Alhama

Con la entrada de estas montañas en la Red de Espacios Naturales Protegidos de Andalucía (RENPA), se viene a saldar una antigua deuda con estas sierras, que inexplicablemente quedaron olvidadas por entonces a pesar de que sus valores naturales, históricos y artísticos superan en interés a los que pueden encontrarse en muchos otros espacios acogidos anteriormente a protección especial.
Las Sierras Tejeda y Almijara constituyen un impresionante
macizo montañoso situado como barrera geográfica entre
las provincias de Málaga y Granada a las que separa mediante
su línea de cumbres. En la primera constituye la espina dorsal
de la comarca conocida como "Axarquía" (la oriental para los
árabes), bastión irreductible de la cultura mudéjar.
Para la segunda, se articula como telón de fondo en las fértiles
tierras de Alhama, en el poniente granadino, como contraste
físico de sus fértiles y blandos campos de olivos y cereal.
Con una extensión de 40.663 hectáreas, este Parque Natural
abarca la gran parte del macizo montañoso que va desde el río
Puente de Piedra en Alcaucín (Málaga), hasta la carretera de la
cabra montés en Otívar (Granada).
Aquí se incluyen una alineación continuada de escarpes rocosos que
constituyen la altura más prominente de la geografía sureña hasta la costa portuguesa. Con sus 2.068 m. de altitud, el pico Maroma no encuentra rival, siendo la atalaya dominante hacia el poniente con espectaculares panorámicas sobre las dos orillas del Mediterráneo.
El nombre de Tejeda deriva del elevado número de tejos
que en otro tiempo poblaron la sierra. Por su parte, Almijara
deriva del nombre árabe "almijar", que significa "escurridero",
posiblemente en alusión a la rapidez con que escurren las
aguas de lluvia por estos arroyos hasta el mar o también
por deformación de "Sierra de los almijares", en alusión
a la abundancia de estas estructuras (actualmente llamadas
paseros) en las viviendas rurales que se utilizaban para secar
higos y uvas principalmente.
A primera vista, estas montañas guardan mucha similitud con
los grandes macizos montañosos del norte, especialmente con
los Picos de Europa de los que son casi simétricos en el conjunto
de la Península Ibérica. Su proximidad al mar, sus cotas
similares, así como un sucesivo ir y venir de agudas crestas y
profundos barrancos son los responsables de tal analogía.
Igualmente, sus blancas rocas calcáreas e incluso algún que
otro curso de aguas salvajes que se despeña indómito, en
una apresurada carrera por llegar a la quietud de las
llanuras granadinas o la costa mediterránea, hacen de este paisaje un paraíso hasta ahora olvidado de clara singularidad en el conjunto del territorio andaluz.

Desde siempre han sido montañas llenas de historias y leyendas sobre rebeliones, contrabando, furtivismo y resistencia al orden establecido que a lomos de arriería o de boca en boca circularon hasta no hace muchos años colando por los escasos puertos que comunican ambas vertientes.
Han sido territorios ásperos, donde la vida era más bien
supervivencia a costa de maltrechos viñedos por la filoxera,
suelos erosionados por lluvias desbocadas en los que olivos,
almendros y sembrados generaban rentas escasas.
El esparto de sus rocosas laderas, la resina de los erguidos
pinos, el carbón de la madera y leña de árboles o matorrales
e incluso la nieve de las cumbres en años favorables,
junto con el uso ganadero de los montes y la caza,
contribuyeron al sustento de sus pobladores.
Este carácter marginal ha favorecido la conservación
de su paisaje, su arquitectura tradicional y de sus valores
naturales. Si el valor del Parque como Natural se encuentra
en los roquedos y barrancos, en sus pueblos se encierra
una fantástica herencia histórica con olor morisco y mudéjar,
con relumbrantes fachadas de cal y retorcidos arcos,
escalinatas y torreones de ladrillo mozárabe, donde las noches
huelen a azahar y jazmín. En este aspecto son de destacar los
pueblos de Alhama de Granada, Salares y Frigiliana.
Entre sus valores naturales, casi todo es destacable. Si se atiende al soporte físico, la piedra, está compuesta por materiales muy distintos. Existen algunos enclaves con cuarcitas, esquistos y gneis de edad muy antigua (más de 500 millones de años).
Sobresalen no obstante los procedentes del Triásico en la
era Secundaria, originados hace unos 300 millones de años
en antiguos fondos marinos. Los mármoles dolomíticos son
el elemento más representativo de esta litología,
constituyendo, junto con las vecinas sierras granadinas y
almerienses el principal macizo de esta constitución en
nuestro país. Este tipo de roca es el responsable de varias
singularidades. La más directa, un paisaje original, dominado
por los tonos blancos y grises de la roca, con una particular
disgregación arenosa (kakiritización) que interviene en la
erosión. La geomorfología es impactante, dominada por
empinadas laderas, agudas crestas y profundos barrancos.
Otra consecuencia de esta componente geológica reside en la
cobertura vegetal del terreno. Las arenas dolomíticas son
excesivamente permeables, reteniendo escasamente el agua
de precipitación. Esto, unido a ciertos componentes minerales,
como el magnesio, van a generar un paisaje vegetal igualmente
singular en el que abundan las especies raras o endémicas.
Como elementos geológicos singulares, es de destacar la cueva de
Nerja, declarada monumento nacional, u otras de menor entidad como la Sima de la Maroma o la Cueva de la Fájara en Canillas de Aceituno
La flora es otro de sus valores relevantes, tal vez el más aparente.
Junto al papel decisivo de la litología que ya genera contrastes
enfrentados, se manifiesta también la influencia de un amplio
rango climatológico, regido por las bruscas variaciones altitudinales
(0–2.000 m.), la proximidad marina y la orientación del macizo
en dirección SE – NW.
Esta amalgama de factores genera una gran diversidad que se
muestra en la vida vegetal con formaciones singulares, características
de la cuenca mediterránea y en ocasiones de requerimientos opuestos entre sí.
Dominan los pinares, asentados sobre las blancas arenas que genera la
descomposición de los mármoles. Así, es posible el desarrollo del pino
carrasco hasta el pino silvestre, de requerimientos muy dispares, pasando por
el piñonero, el negral o el salgareño e incluso el insigne, procedente de
repoblaciones experimentales en otro tiempo. Asimismo, entre árboles y arbustos,
el rango va desde el palmito (Chamaerops humilis), el cambrón (Maytenus
senegalensis), el bayón (Osyris quadripartita), revientacabras
(Cneorum tricoccum) o boj (Buxus balerarica) característicos de las proximidades litorales, hasta el mostajo (Sorbus aria), durillo (Amelanchier ovalis), durillo dulce (Cotoneaster granatensis), cenizo (Adenocarpus decorticans), rebollo (Quercus pyrenaica) o aza (Acer granatense) que habitan las umbrías y altas cumbres junto con el matorral de camefitos espinosos dominado por piornos y rascaviejas como Vella spinosa, Prunus prostrata, Erinacea anthyllis, Astragalus granatensis, Echinospartum boissieri, Hormatophylla spinosa y Genista lobelii.
Existe una pequeña Tejeda, reliquia singular de la que en otro
tiempo debió poblar la sierra en tal manera que llegó a darle
nombre y cuyo principal valor reside en ser la más meridional
de la Península Ibérica y una de las mejores del territorio andaluz.
También son de destacar las formaciones de sabina mora
(Juniperus phoenicea) con efedra (Ephedra fragilis).
Tampoco se puede olvidar el amplio elenco de plantas herbáceas
características de aquellos arenales y roquedos dolomitícolas,
en su mayor parte de carácter endémico. Entre ellas cabe citar
Linaria amoi, Centaurea bombycina, Centaurea prolongi,
Erysimum myriophyllum, Anthyllis tejedensis, Hippocrepis eriocarpa,
Erinus alpinus, Silene boryi, Pinguicola submediterranea, Hieracium texedense,
Aquilegia vulgaris, Saxifraga erioblasta, Draba hispanica, Andryala agardhii,
Odontites longiflora, Polygala boissieri, Iberis grossi.
En relación con la fauna, su principal importancia radica en la extensión longitudinal del macizo, poniendo en conexión las sierras malagueñas con la vecina Sierra Nevada y actuando como pieza importante en la dorsal que forman las montañas béticas y que ponen en conexión el campo de Gibraltar con el Levante peninsular. Un claro ejemplo de este efecto corredor, ha sido la reciente colonización del territorio por parte de la ardilla común, estableciéndose en menos de tres años de uno a otro extremo en estas sierras.
En este pequeño mundo de árboles y roquedos, es de destacar
su avifauna. Es notable la presencia de grandes águilas
(A. real, perdicera, calzada y culebrera), halcón peregrino y azor,
chotacabras, aves forestales como los picos y las aves de montaña,
destacando las collalbas (collalba negra, gris y rubia), el roquero rojo,
el roquero solitario y el acentor alpino.
Pero sin duda, el animal más conocido en estas sierras, es la cabra
montés. Este endemismo de la fauna ibérica, que en otro tiempo
estuviera al borde de la extinción, hoy se encuentra en auge, gracias
sin duda a la acertada gestión llevada a cabo por la Administración
a lo largo de este siglo. Para el caso concreto de Tejeda-Almijara,
la regulación cinegética de esta especie bajo la figura de
Reserva Nacional de Caza ha permitido que la exigua población
existente en un principio se haya multiplicado por diez en un plazo
de veinticinco años, con unos 1.500 animales solamente en la vertiente
malagueña del macizo. Esta misma gestión ha logrado mantener la zona libre de la epidemia de sarna sarcótica que ha puesto en peligro a otros núcleos de población más o menos próximos. De este modo, las sierras Tejeda y Almijara se mantienen como uno de los enclaves más importantes de España para esta especie emblemática de nuestras serranías.
Próximo a la zona, perteneciendo al mismo dominio, pero bañando sus pies en el mar, se encuentra el Paraje Natural "Acantilados de Maro-Cerro Gordo" en los municipios de Nerja y Almuñécar (Málaga y Granada), donde la temperatura es condescendiente durante todo el año y la luz es increíble.

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